Manual Para Magnicidas Espontáneos

En los últimos tiempos el mundo ha sido testigo de la débil pero indiscreta floración de un tipo de terroristas (o héroes, según desde donde se miren) que podrían englobarse dentro de una misma categoría: los “Magnicidas Espontáneos”. En poco más de un año la televisión ha recogido al menos tres casos especialmente llamativos por la calidad de sus víctimas. Comenzamos en diciembre de 2008, cuando Muntazer al Zaidi, periodista iraquí, arrojó sus zapatos a George W. Bush durante una rueda de prensa, golpe que le fue devuelto a primeros de este mes en Paris. El segundo y tercer caso han tenido lugar en Italia. Por un lado Silvio Berlusconi resultó agredido el 13 de diciembre tras un mitin en Milán  por Massimo Tartaglia. Por otro lado esta Nochebuena, durante la celebración de la Misa del Gallo, el Papa caía al suelo tras ser arrollado por una entusiasmada Sussana Maiolo. ¿Quiénes son Muntazer al Zaidi, Massimo Tartaglia o Sussana Maiolo? Nadie. No son miembros de ningún grupo terrorista organizado, no son líderes políticos poniendo en práctica sus ideales, no son activistas de ningún grupo ecologista… No son nadie, y eso es precisamente lo que les da fuerza. Son peligrosos porque no están organizados. Si se tratase de una conspiración para atentar contra el Papa o el presidente de este o aquel país la policía tendría un lugar donde infiltrarse, un proveedor de armas al que interrogar o unas comunicaciones que intervenir, herramientas infalibles al alcance de las fuerzas de seguridad que desmantelan cualquier intento de atentado. Sin embargo cuando el lugar en el que hay que infiltrarse es la mente de un individuo aislado, que desde la sombra de su habitación maquina la forma de acercarse hasta su objetivo, sin habérselo contado ni a sus amigos más cercanos, la prevención resulta imposible.  Otro  de los factores que influyen en el éxito del magnicida espontaneo es la brevedad y sencillez de su plan. Para el magnicida espontaneo el plan ha tenido éxito en cuanto la agresión ha tenido lugar, lo que ocurra después, bien sea detenido, acribillado a balazos o consiga huir, ya no tiene que ver con el plan. Sin embargo en un grupo organizado la cosa se complica muchísimo, si el ejecutor es detenido con vida se pone en peligro la estructura de la organización completa, por lo que la elaboración del plan tiene que incluir la huida del protagonista.

¿Quién es, entonces, el magnicida espontaneo? En principio cualquiera de nosotros puede serlo, cualquiera que se obsesione con la intocabilidad de un intocable y se proponga por su cuenta penetrar esa aureola impenetrable sin más ayuda que su propia voluntad. Los motivos que empujan a un individuo a convertirse en magnicida espontaneo pueden ser muy diversos: desde el odio político (que fácilmente se convierte en odio personal, ad hominem), a la simple obsesión por un personaje, pasando por el fanatismo religioso, el erostratismo, la venganza… Pero en todos los casos tienen un punto en común: el individuo que trasciende su anonimato y se enfrenta contra un Goliat público al que su mente ha convertido en su Goliat personal. En la mayoría de los casos, sobre todo en los más recientes, el acto magnicida no llega a acabar con la vida del agredido, pero en esta sociedad que gira en torno al espectáculo eso es lo de menos. Tal vez sí fuese imprescindible en casos históricos, antiguos, cuando la realidad de los hechos se basaba en los propios hechos y no en su difusión mediática (recuerdo como ejemplo a Charlotte Corday acuchillando a Marat en su permanente baño). La muerte del agredido se ha convertido en estos casos de magnicidio en una contingencia, algo que si ha ocurrido no es necesario. Lo importante en el magnicidio espontaneo es el símbolo de la agresión. El “magno” tiende a sentirse invulnerable, intocable, pero con su ataque el magnicida demuestra que esa superioridad sobre el resto de los individuos no es más que un espejismo, un delirium tremens producido por la borrachera de poder. El magnicida lo devuelve a su sitio entre los mortales, y lo hace ante la atónita mirada de millones de espectadores. Le agarra por las solapas y le dice a la cara “Recuerda que eres mortal”. Este memento mori contemporáneo no es solamente un mensaje recordando al César su verdadera condición, el mensaje es escuchado  en directo por los ciudadanos que al instante recuerdan también la fragilidad de los poderosos.  Por eso, tras cada ataque, todos los poderosos tiemblan.

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PD: Este artículo que abre el blog está traído de una publicación anterior fechada en  Diciembre de 2009

Un comentario en “Manual Para Magnicidas Espontáneos”

  1. Ciao!

    Muy interesante, creo que el relato en cuestión sería propicio para encabezar un título de relatos sobre obsexion criminal (siempre y cuando quisiera darsele el matiz de fantasía política y todo ese rollo )

    No es lo mismo en todo caso un magnicidio magni magni feten, que pongamos, volarle el melon de listillo en una emboscada de fuego cruzao al candidato guaperas mercadotecnico de turno. Digo como ejemplo educativo, es claro.

    Salut!
    Fdo: La vieja

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