El Premio

      Berenjena. Ahí estaba otra vez. Y también en este. Mateo Escribano cogió otro libro de la pila de su izquierda, se deshizo del plástico transparente que lo envolvía, abrió directamente el volumen por la página 82 y comenzó a leerla con rapidez, pasando verticalmente la punta de su dedo índice  de línea a línea para agilizar la lectura. Había recorrido poco más de la tercera parte de la página cuando se paró. “…unos Manolos color berenjena a juego con el bolso de Loewe…”. Resaltó la frase con un marcador fluorescente y señaló la hoja con un  papel del taco de colores para notas. En su cuaderno de anillas copió la frase, autor, título, año. Sin cerrar el libro lo dejó a su izquierda, sobre una montaña de libros abiertos, todos ellos con una frase de la página 82 marcada. “No puede ser, es tan evidente” se dijo. Tomó el siguiente ejemplar de la pila de libros nuevos y realizó la misma operación. Página 82. “La puta vieja me sirvió una berenjena humeante y se marchó dejándose su peste a ajos y a muerte…” Marcó la frase, señaló la página, anotó todo en el cuaderno, apartó el libro a la montaña y continuó, uno a uno, hasta que hubo terminado toda la pila, obteniendo en todos el resultado esperado. Había dedicado toda la mañana y parte de la tarde a comprobar cada libro de la colección, más de cincuenta. No había parado a comer. La excitación de ir confirmando sus sospechas le había impedido sentir el hambre, y si en algún momento las campanadas del reloj de carrillón del pasillo le habían hecho mirar la hora y pensar que ya iba siendo hora de parar un momento y prepararse algo para comer, su respuesta había sido la de un adicto: “Sólo un libro más y paro”. Pero, como al adicto, le había sido imposible conformarse sólo con uno más. Tenía que seguir, sobre todo si cada nueva comprobación le suponía otra confirmación de su hipótesis. En un estado de excitación producida por haber encontrado un secreto oculto telefoneó a Amelia, su más antigua amiga.

– Era verdad, Amelia, había un plan.
– ¿De qué estás hablando?
– Lo que te conté el otro día en casa de Bernardo.
– Mateo…
– Sí, escucha, lo del premio Hemisferio, los he comprado todos, y he encontrado el plan.
– ¿Todos los libros?, ¿Estás loco?
– Los cincuenta y siete, sí. Mira: “Encima de la mesa había una berenjena y dos calabacines…”, otro “Si cada persona es una hortaliza Blas, sin duda, es una berenjena.”, ¿Más? “Un fuerte olor a berenjena de Almagro inundó la habitación cuando entró el sujeto…” este es el del 94… Todos tienen una berenjena en la página 82, todos. Del primero al último.
– ¿Berenjena?
– Sí, tiene gracia, precisamente todos tienen la palabra “berenjena” escrita en la página 82. Todos los libros que han ganado el Premio Hemisferio de Novela desde que se celebra la tienen. Ya te dije yo que algo tenía que haber en el texto que hiciese al jurado saber a quién premiar.
– Me cuesta creer lo que me dices.
– ¿Que no? Pues ya vas a ver, el año que viene voy a ganar yo el premio, y si no, al tiempo. Ese medio milloncito de euros me va a arreglar la jubilación, y la tuya, Amelia, y la tuya.

***

      Después haber decidido ganar el próximo Premio Hemisferio de Novela Mateo Escribano tenía la tarea de escribir la novela ganadora. No era un asunto sencillo, si bien durante sus cuarenta años trabajando como librero se había convertido en un depredador de la literatura nunca antes había escrito ni una sola página de ficción. Sabía que su papel en el mundo de literario era el de espectador. Sin embargo su amiga Amelia, viuda de su socio en la librería, sí que había hecho algunas incursiones en la escritura. Se había publicado algún cuento suyo en revistas, e incluso, con la ayuda de un amigo en una pequeña editorial, había llegado a recopilar una serie de relatos en un libro, poco después de la muerte de Franco. Luego ya llegó la maternidad y sus esfuerzos literarios fueron eclipsados por la vida. Mateo probó a pedir ayuda a Amelia para escribir la novela, ella accedió. Ambos sabían que si las sospechas de Mateo eran ciertas lo que escribieran iba a ser lo de menos, el premio caería, pero aun así decidieron que, ya que la novela tenía que ser publicada, no querían privar a millones de lectores de un contacto directo con el absurdo. Decidieron crear un libro demencial, sin ningún apego por regla alguna de la narración. Cuanto más delirante les saliese más divertido sería leer las críticas y los análisis en la prensa especializada. Se pusieron manos a la obra. Con el título se concedieron un homenaje: Todavía no es tarde. Sesenta y seis años no era tarde para convertirse en promesa de la literatura. Es cierto que no lo iban a hacer por causas literarias, que en ningún momento serían merecedores de ese premio, pero copiaron las técnicas que se utilizan en los mercados de finanzas: hacer trampas, tomar un atajo. ¿De qué trataba la novela Todavía no es tarde? Es difícil decirlo. Personaje principal no había, aunque es cierto que en varios de los capítulos aparecía el mismo individuo encerrado en un cuarto de baño, dando vueltas mientras recitaba las tablas de multiplicar. En otro capítulo una familia de koalas discutía sobre la conveniencia e implicaciones de dejar de ser herbívoros. Con frecuencia se recurría a la figura de una mujer acariciando un hacha. A esa misma mujer en una ocasión León Trotsky le decía que no le tenía miedo, que sabía que no iba a hacerle daño porque a él tenía que matarle un catalán con gafas. Mateo propuso la introducción de elementos típicamente barrocos, como desnudos, enanos y pavos reales. ¡Enanos naturistas a lomos de pavos reales! respondió Amelia. En el noveno capítulo una horda de enanos desnudos siembra el caos en una ciudad de provincias mientras cabalgan sobre pavos reales enfurecidos. Esa dinámica les funcionó bien. Mateo traía elementos inconexos y Amelia construía relaciones fantásticas. Él decía “Walt Disney” y “el Talmud” y ella le devolvía una historia en el que una secta judía reivindicaba al cineasta como el mesías, aportando pruebas del libro sagrado, y después ambos escribían el capítulo. Sin otro quehacer dedicaban largas horas a su juego preferido. Sentían directamente la experiencia de que todo vale, se emocionaban con cada nuevo esperpento. La legitimación de todo lo que estaban escribiendo dependía de que no se olvidasen de la berenjena de la página 82. Y no se olvidaron. Desde que empieza ese capítulo, doce páginas antes, un grupo de personas están delante de una casa durante días esperando la aparición de algo. Hablan sobre ello, sobre lo que vendrá, se confían unos a otros sus más íntimas esperanzas. Cuando finalmente la puerta se abre, en la página 82, sale rodando una berenjena. En poco más de un mes tenían escrita la novela. La siguiente parte del plan era que el libro fuese el primero en llegar a la editorial para el concurso. Por lo que conocía Mateo del funcionamiento de los jurados literarios sabía que estos empezarían a repasar el material en orden, según les llegasen, más aún si, como sospechaba, ni siquiera tenían que leerlo. Por eso era imprescindible que su novela fuese la primera. Al menos otra incluiría la contraseña, así que el jurado tenía que dar por terminada su tarea lo antes posible, antes de que llegasen a la obra encargada por la editorial para ganar el concurso. Así que a las 8 de la mañana del día que empezaba la recepción de las obras un mensajero entregó un paquete en la Editorial Hemisferio con las dos copias encuadernadas de Todavía no es tarde, firmadas con el pseudónimo Shibboleth.

***

      En Editorial Hemisferio no podían dar crédito a lo que les estaba pasando. Como cada año habían convocado al jurado para otorgar el premio de novela más importante de la literatura en español. Como cada año los miembros del jurado habían recibido, en una entrevista con el presidente de la editorial, las instrucciones concretas sobre los criterios a utilizar en su juicio y deliberación, así como una compensación económica extraoficial por sus servicios y confidencialidad absoluta. Como cada año los miembros del jurado habían recibido las obras firmadas con pseudónimo. Como cada año el jurado había tomado una decisión. Como cada año alguien del jurado había filtrado a la prensa el nombre del ganador unos días antes de la entrega de premios. Lo diferente ese año fue que nadie en la junta directiva de la Editorial Hemisferio sabía quién era ese Mateo Escribano que aparecía en las portadas de todos los diarios importantes como “el jubilado que gana el Hemisferio con su primera novela”. Todos los titulares apuntaban en la misma dirección: “Sorpresa en el premio Hemisferio”, “El premio Hemisferio para un escritor novel”, “Todavía no es tarde, de Mateo Escribano, gana el premio Hemisferio”, “¿Quién es Mateo Escribano? El nuevo fenómeno de la literatura”, “El favorito, Pedro Gómez de Lozoya, queda finalista por segunda vez”…

      El teléfono no paraba de sonar en la editorial. Las redacciones de todos los periódicos llamaban solicitando una reseña de la novela, reseña que no tenían. La que sí tenían era la que el finalista, Gómez de Lozoya, llamado a ser el ganador, había remitido semanas atrás a la editorial sobre la novela que presentó al concurso: Los campos tienen el color de tus ojos. El presidente del grupo editorial convocó una reunión de urgencia del consejo para intentar descifrar qué había pasado, y ya puestos cortar dos o tres cabezas.

– ¿Alguno de vosotros sabe quién es este tío al que vamos a darle medio millón de Euros?
– …
– ¿Nadie piensa decir nada?
– …
– Si seguís sin decir nada pienso hacer que el premio salga de vuestros bolsillos, olvidaos de dietas e incentivos durante el próximo año.
– Antonio… -la mirada del presidente hizo corregirse a la Directora de Marketing y Estrategia- Señor Gallet, las instrucciones estaban claras, usted mismo se reunió con los jurados…
– ¿Claras? ¿Y si estaban tan claras por qué hemos premiado a… este? ¿Podemos retractarnos?
– Imposible señor Gallet, el coste en prestigio sería inasumible. No podemos corregir el fallo del jurado. Todas las precauciones que se han tomado durante cincuenta años quedarían en nada, ya bastante daño hacen los rumores de que el Premio Hemisferio está decidido de antemano.
– ¿Y para qué han servido tantas precauciones y estrategias si al final premiamos a…? ¿Cómo se llama el libro?
Todavía no es tarde.
– Ya, todavía no es tarde excepto para retractarse. ¿Alguien se ha leído la novela?
– …
– ¿El jurado?
– …
– ¿Nadie va a decir nada?
– El presidente del jurado está viniendo, no entiende qué ha pasado, ellos hicieron lo mismo que las anteriores veces.
– El señor Gómez de Lozoya está al teléfono, señor Gallet -interrumpió la secretaria del presidente.
– ¿Y…?
– Está bastante enfadado
– Pásamelo aquí. ¡Pedro! Sí, quería hablar contigo. (…) Sí, ya lo sé. (…) No, Pedro, no ha sido cosa nuestra. (…) Claro que era para ti. (…) ¡Ya sé que pusiste la puta berenjena! (…) Mira, no puedo decirte más, no sé quién es ese tío, solo se lo que dice la prensa. (…) Tengo ahora mismo reunido al consejo editorial. (…) No, eso es imposible. (…) Cálmate. No, mira, no hagas una tontería. (…) Todavía no he hablado con el jurado y no sé qué es lo que ha podido pasar. (…) Sí, en cuanto hable con él te informo. Pero sobre todo tú no hagas nada. (…) Ya lo sé. Dales largas, o no les cojas. (…) Si, ya te llamaré yo. (…) Hasta luego -cuelga el teléfono-. Señores, Gómez de Lozoya está pensando en contárselo todo a la prensa…
– Pero si firmó la cláusula…
– ¿La que dice que si revela algo tiene que devolver el medio millón del premio?
– Ya, claro…
– ¿Alguien más tiene algo estúpido que decir?
– …
– De acuerdo entonces. Para esta tarde quiero toda la información posible sobre este Mateo Escribano. Poned a los lectores de más confianza con la novela, quiero saber qué es, ya que vamos a publicarla. Claudia, cuando llegue alguien del jurado ven con él a mi despacho.

      En cuanto Mauricio Redondo, escritor, miembro de la Real Academia Española, presidente del jurado del premio Hemisferio y ganador del mismo en el año 93, apareció en la editorial le hicieron entrar en el despacho del presidente del grupo editorial, acompañado de Claudia Gallego, vicepresidenta. En la reunión que mantuvieron los tres Mauricio Redondo explicó que todo había ocurrido como los años anteriores. Para que toda sospecha de amaño en el fallo del premio quedase descartada no había habido ningún tipo de comunicación entre los miembros del jurado y cualquier persona del consejo editorial desde su convocatoria. Menos aún en estos tiempos de tecnología en los que cualquier periodista puede conseguir publicar una llamada o un mensaje de móvil incluso de un ministro. Todo tenía que hacerse con la mayor apariencia de limpieza posible. Los miembros del jurado recibieron los ejemplares de la editorial tal y como los habían entregado los autores, numerados en el mismo orden en que habían sido presentados. La tarea del jurado consistía en buscar el libro en cuya página 82 apareciese la palabra “berenjena”, posteriormente reunirse y declarar ganadora por unanimidad esa novela. Abrir la plica y filtrar a la prensa el nombre del ganador. Para el finalista tenían libertad de decisión. Mauricio Redondo explicó cómo este año había sido más fácil qué nunca, que “berenjena” aparecía en el libro con el número 1, así que no tuvieron que mirar más. La reunión de deliberación fue sencilla, se juntaron los seis miembros y todos coincidieron que Todavía no es tarde era la novela ganadora. Para elegir al finalista no hubo tampoco discusión, varios miembros del jurado, amigos de Gómez de Lozoya, sabían que este andaba últimamente escribiendo una novela sobre una chica que tiene los ojos del color del campo, además reconocieron uno de sus pseudónimos habituales, Argantonio, en la portada. Así que nadie puso ningún problema en nombrar finalista a una apuesta segura, un amigo, que además ya había sido finalista anteriormente. El portavoz tuvo que reconocer igualmente que nadie del jurado se había leído, ni tan siquiera por curiosidad, la novela ganadora ni la finalista. Por supuesto que les intrigó quién era Mateo Escribano, y por qué la editorial había decidido premiar a un desconocido, pero claro, quiénes eran ellos para cuestionar las decisiones estratégicas de grupo Hemisferio. Ellos solo hicieron lo que tenían que hacer, buscar una berenjena y dar un premio.

***

      La entrega de premios fue el acto más tenso de los que se han celebrado en el salón noble de la editorial. De cara al público Hemisferio había decidido comportarse como si nada hubiera ocurrido. De cara a Mateo Escribano todo lo contrario. Todos los contratos que se firmaron con el galardonado habían sido en una reunión del escritor con un abogado. Nadie de la editorial se había reunido en ningún momento con él. Este acto fue la primera y la última vez que Mateo Escribano y Antonio Gallet, escritor y presidente, se vieron en persona. Y no solo se vieron, se dieron la mano y el impostor recibió del empresario un trofeo, el primer ejemplar de la novela publicada y un cheque de quinientos mil euros. Después cenaron en la misma mesa y fingieron que la editorial estaba encantada de haber premiado al mejor. Con vistas a mantener la paz y confidencialidad la Editorial Hemisferio había tenido que hacer grandes concesiones al finalista, como compensación por la novela que le habían encargado para ganar. A Gómez de Lozoya le pareció estupendo sumar al dinero del segundo premio una cantidad que lo igualase en cuantía al primero, así como un contrato muy ventajoso para publicar sus tres siguientes obras, tan solo a cambio de su silencio sobre todo este proceso. Los esfuerzos de promoción del ganador de ese año se redujeron a lo mínimo necesario para no levantar demasiadas sospechas. Sin embargo el resultado resultó ser el contrario al deseado. En los círculos literarios de vanguardia Todavía no es tarde se convirtió en objeto de los más profundos estudios. Los clubes de lectura más snobs lo incluyeron entre sus obras de referencia. Mateo y Amelia coleccionaban con regocijo cada reseña que aparecía en las revistas de letras. Algunas decían agudezas como: “La trama oscila entre lo onírico y lo metafórico para desvelar partes del alma humana que permanecen ocultas al lenguaje de la lógica.” Los dos se reían juntos intentando descifrar cuál era esa trama de la que estaba hablando el crítico. Las solicitudes de entrevista se sucedían casi a diario, y tuvieron que inventar también una historia fantástica sobre el proceso de gestación de la novela. Todo este proceso lo disfrutaron desde la comodidad del lujo que les proporcionó aquel mes de trabajo. La generosa cuantía del premio decidieron gastarla juntos, con la tranquilidad que ofrece no tener que preocuparse demasiado del futuro. La aventura literaria para ellos sin embargo no había hecho más que empezar, y se dieron cuenta la mañana en que Mateo recibió una llamada de la segunda editorial del país en volumen de ventas en la que le preguntaban si tenía pensado seguir publicando con Hemisferio, que en caso contrario les gustaría reunirse con él para hablar de su próxima novela. Sin embargo jamás compartieron con nadie el secreto de cómo Mateo había descubierto la pista que le llevó a desvelar uno de los misterios mejor guardados de la literatura española. Cómo había reparado en la presencia de la palabra berenjena en todas las novelas premiadas, algo que pasaría desapercibido para cualquiera. Y es que si algo no soportaba Mateo era la berenjena, en ninguna de sus formas, hasta tal punto la detestaba que con solo encontrar la palabra escrita se le torcía el gesto de pura aversión.

samizdatlogo ik

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3 comentarios en “El Premio”

  1. Genial. Simplemente genial. Bien escrito y con un argumento que engancha: lo que realmente hay, en la mayoría de los casos, detrás de un premio. Las bambalinas del mundo del arte en general. Has leído EL ESCANDALO MONDIGLIANI? Pues trata el mismo tema pero en el mundo de las Galerías de arte. Me gusta como escribes. Un saludo

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  2. Genial. Simplemente genial. Bien escrito y con un argumento que engancha: lo que realmente hay, la mayoría de las veces, detrás de los premios. Las oscuras bambalinas del mundo literario. Has leído EL ESCANDALO MONDIGLIANI? Pues trata el mismo tema pero en el mundo de las Galerías de arte. Me gusta como escribes. Un saludo.

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  3. Genial. Simplemente genial. Bien escrito y con un argumento que engancha: lo que hay realmente, la mayoría de las veces, detrás de los premios literarios. Las oscuras bambalinas del arte. Has leído EL ESCANDALO MONDIGLIANI? Pues trata el mismo tema pero en el mundo de las Galerías de Arte. Me gusta como escribes. Un saludo.

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