CA-PE-RU-CI-TA

      Caperucita, luz de mi vida,  fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía, Ca-pe-ru-ci-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de cuatro pasos desde  los incisivos a los colmillos, deteniéndose en los molares para  descansar en el borde del paladar y desatar la salivación… No, esperen, olviden eso, no va a funcionar…

      Señoras y señores del jurado, en mi defensa diré que tenía hambre, que mi familia tenía hambre. No me juzguen por lo que soy, no me juzguen por lo que todos somos. ¿Se extrañan de que diga esto? ¡Acúsenme! ¡Señalen al lobo! Digan que soy quien se come a los niños, a las ovejas y los cerditos… Pero eso sí, miren hacia otro lado mientras me señalan con sus insolentes dedos acusadores, no enfrenten sus ojos a los míos por miedo a reconocerse como semejantes. Digan que he pecado, lo admitiré, pero tengan cuidado no se descubran a ustedes mismos como pecadores. ¿No me creen? Dejen que les cuente una historia, la historia de un pequeño jabato al que llamaremos… Piscolabis, no, mejor no, es preferible que le llamemos Rayitas. Rayitas sale un día de su madriguera, o de donde sea que vivan esos apestosos gruñones, se dirige a casa de su abuelita a contarle que las lluvias de la pasada noche han formado una hermosa charca de lodo en ese lado del bosque. Va caminando, dando pequeños saltitos y meneando graciosamente su colita respingona coronada de blanco. Ha escuchado las advertencias de su madre sobre los peligros del bosque y el riesgo de acercarse demasiado a los caminos, tan repletos de humanos. “Ten cuidado con las personas”, le ha dicho, “unos animales tan perversos que no soportan la visión de su propio pellejo y lo ocultan bajo las pieles de otros animales; tan malvados que caminan sobre sus patas traseras para alejarse cuanto pueden del suelo y demostrar su rechazo a la tierra, a la que pertenecen y que es origen de todo bien”. “Sí, mamá” responde Rayitas y se aleja silbando, en caso de que esas bestias silben. Atraviesa el bosque ajeno a los peligros que le acechan. Al pasar cerca del arroyo percibe con su gracioso hocico un olor ácido y terrible que no reconoce, se asusta, gruñe y escucha tras de sí el ladrido de un perro que se acerca. Rayitas aprieta el paso y deja que sea el instinto quien le mueva a toda velocidad hacia casa de su abuelita. Recuerda las historias de terror que le han contado, aquellas que asocian la presencia de perros a la de humanos. El perro cada vez está más cerca, corre Rayitas, corre, ya casi puedes sentir el aliento del perro, cruel y servil, en tus cuartos traseros. Rayitas sabe que la casa de su abuelita no está lejos y que allí estará a salvo, su abuelita le protegerá de todo mal, de los perros y de los humanos. Tan solo tiene que llegar hasta aquel roble, saltar a la derecha después del montículo de piedras y allí, tras los helechos, encontrará la casa de su abuelita. Solo un poco más, un esfuerzo más y… allí la encuentra. Es su abuelita, tumbada en la puerta de su madriguera, con moscas posadas en los ojos abiertos, quieta sobre un charco del color de la sangre, inmóvil a los pies de lo que debe ser ¡una persona! Rayitas nunca ha visto a un ser semejante. Un animal erguido, cubierto por pieles del color de las últimas hojas antes de volverse pardas, es todavía más terrible de lo que los cuentos de su madre le advertían. La persona lleva en sus manos un palo que huele como huelen los incendios. Rayitas se queda un instante paralizado ante tan temible presencia, pero enseguida recuerda al perro que le persigue, da un salto y continúa su huida, esta vez hacia ninguna parte. Escucha a sus espaldas un trueno imposible, las nubes de la tormenta hace horas que pasaron. Siente un dolor en las costillas que le hace fallar el paso, avanza todavía unos metros rodando, como si el dolor del costado le empujase inexorablemente hacia un lado mientras todo se va volviendo blanco. “Nunca volveré a estar con mi abuelita”, son sus últimos pensamientos. Pero en eso se equivoca. Esa misma noche sus costillas y sus muslos estarán junto a los muslos y costillas de ella, en la parrilla, sobre el fuego. Y unas semanas más tarde sus cabezas estarán juntas para siempre, disecadas sobre la chimenea de quien les ha matado. ¿Qué hay más humano que esta historia?  ¿Quién de entre ustedes, señoras y señores del jurado, no se han visto nunca en el papel del cazador de mi relato? ¿Quién de ustedes no se ha vestido nunca con la piel de otro ser vivo? ¿Quién jamás se ha alimentado con la carne de otro animal? No, distinguido jurado, no se sientan inocentes por no haber sido la mano que ha matado al animal que les viste o alimenta. Son tan culpables como quien apunta con la escopeta o blande el machete del carnicero. Son ustedes la causa final para la que existen el cazador y el matarife. Son tan culpables como lo pueda ser yo.

      Pero volvamos a mi caso. ¿Me comí a Caperucita? Si, lo hice, es parte de mi naturaleza: dar caza y alimentarme. ¿Soy culpable por ello? Si piensan que lo soy están acusando a la naturaleza entera, a las leyes profundas que rigen el mundo que nos ha creado. Compruébenlo ustedes mismos, soy un animal fuerte, rápido, feroz y de hermoso pelaje. ¿No sería un crimen negar los dones que la naturaleza me ha ofrecido? Mi fuerza y velocidad me otorgan el derecho a dar caza a cualquier animal más lento y débil. Mi ferocidad me mantiene siempre cerca de mi instinto depredador, cualquier ser inferior debe de sentirse honrado por dar la razón a la vida a través de su sacrificio. Amables miembros del jurado, si me condenan, ¿acaso no estarían haciendo aquello mismo que en mí censuran?, ustedes tienen un poder y lo ejercen sobre mí, nadie discute su derecho. De la misma forma yo tenía un poder sobre Caperucita, y la propia existencia de ese poder crea la necesidad de usarlo. ¿Qué puedo decirles? ya conocen los hechos. Yo había salido a cazar esa mañana, seguro que no desconocen ustedes la frustración que supone volver a casa sin haber logrado ninguna presa… Y aquella niña no tomó precaución ninguna. Testigos como su madre, ¡su propia madre!, han confirmado en esta misma sala que Caperucita había sido advertida de los peligros de alejarse del camino. Cualquier muchacha sabe a lo que se expone si decide tomar un atajo, no fue culpa mía que ésta ignorase todo aquello que su familia le enseña cada día: “si no quieres que el lobo te coma no te alejes del camino”, “no sigas los consejos de un desconocido”, “no te vistas de color rojo si no quieres llamar la atención entre las hojas verdes del bosque”… ¡Por favor! ¿Siguió Caperucita acaso alguno de estos consejos? Decidió no hacerlo. Decidió aparecerse ante mí con tan vistoso atuendo. Decidió acudir a mi llamada cuando le pregunté a donde iba. Decidió seguir el consejo de un lobo y adentrarse en los callejones oscuros del bosque. ¿Con qué derecho me pueden considerar a mí responsable de cualquiera de estas decisiones? No se sorprendan entonces, amigos del jurado, si les digo que en realidad Caperucita salió de casa deseando ser devorada… ¡Silencio! Por favor, señor juez, si no hace callar al público exaltado no podré continuar mi alegato y consideraré vulnerado mi derecho a una defensa. Gracias, señor juez. Decía que Caperucita secretamente lo deseaba. Tal vez ni siquiera ella lo supiese, pero por la Gran Loba que lo estaba buscando, ¿qué otra explicación pueden darle si no a su comportamiento provocador? Desde el principio mis intenciones estuvieron claras; no escondí mis colmillos cuando le pregunté qué llevaba en la cestita, no oculté mis garras cuando le señalé la senda a través de la maleza, ni disimulé el encanto de mi fuerza ni de mis ojos del color de la luna llena cuando le invité a seguir mis planes. Es cierto que no le dije que mi intención era devorarla, pero estarán de acuerdo conmigo en que es descortés y poco prudente descubrir tus cartas desde el primer momento en asuntos tan delicados como este. Tan solo propuse un juego al que ella entró gustosa. Meterse en la boca del lobo. Nunca está expresión fue tan sincera, porque eso es exactamente lo que Caperucita hizo. Y se metió sin que nadie le obligase. Es cierto, querido jurado, que algunos testigos han afirmado haberla oído gritar “¡No!” mientras la devoraba, pero todo el mundo sabe que no es aceptable echarse atrás cuando el juego está a punto de terminar. Los mismos testigos así lo entendieron y decidieron no intervenir, dejar, simplemente, que ocurriese lo inevitable: que la chica terminase el camino que ella misma había emprendido. Si hasta ellos eran conscientes de esto, ¿por qué no iba a serlo también ella?

      Amadas señoras y señores del jurado. A Caperucita le habían enseñado todo lo que tenía que hacer para evitar exponerse a ser devorada. Y lo ignoró. Pero a mí, a mí nadie me ha enseñado nunca a no devorar. Nadie me ha dado nunca consejos para poder evitar verme en la situación de exigir la vida de una hermosa muchacha. A mí me han enseñado a coger lo que es mío y por derecho me pertenece, me han enseñado a seguir el rastro de mi presa hasta donde nadie pueda verme y darle alcance, y acorralarla, y devorarla. ¿Pueden acaso exigirme que lo ignore?, ¿que olvide todo lo que he aprendido desde que soy lobo? Estarían siendo crueles si lo hiciesen. Yo, por mi parte no pienso hacerlo. Adorado tribunal, no se equivoquen al elegir al culpable de que aquellos hechos tuvieran lugar, no fui yo, sino ella. Fue ella quien me provocó, quien me buscó y me encontró. Pero si lo que desean no es hacer justicia, sino evitar que vuelva a devorar, entonces condénenme. Porque a mí nadie me enseñó a ser de otra manera. Condénenme, tengan por seguro que a cualquiera de ustedes, señoras del jurado, les haría lo mismo que a Caperucita, porque les prometo que lo volveré a hacer, una y mil veces.

samizdatlogo ik

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4 comentarios en “CA-PE-RU-CI-TA”

  1. Otra vuelta de tuerca al cuento!! Muy bien escrito. Sin embargo me ha dejado un poco desazonada la metáfora. La argumentación del lobo es coherente pero olvida algo crucial, es un animal y Caperucita una persona. Son dos planos, dos niveles distintos. Y si un “animal salvaje” siguiendo sus instintos, mata, devora o destroza a un ser humano, se le da caza o se le encierra. Insisto, las distintas lecturas de esta fábula me dejan un tanto inquieta. Sobretodo si entre líneas se lee una posible defensa o excusa del agresor frente a la víctima. En cuanto al aspecto al aspecto creativo y artístico tengo que decir que me gusta por su originalidad en su enfoque y planteamiento. No serás abogado, no? Un saludo

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    1. Muchas gracias por tus palabras, me alegra que te guste mi literatura. Sin embargo creo que la lectura se puede plantear de forma invertida. Aparentemente el relato es una apología del lobo, su alegato final ante un imaginado juicio, sin embargo lo que connota es que nos encontramos ante el discurso de un loco, de un psicópata, de un desalmado capaz de justificar cualquiera de sus acciones. Pero además es un ser inteligente y seductor, sabe encontrar los argumentos adecuados para cada ocasión independientemente de lo que estos se alejen de la realidad, es un solipsista capaz de supeditar la realidad al servicio de su fantasía. Juega con el jurado a la seduccion, llegando a referirse a ellos como “amados”. Sin embargo su discurso no se sostiene, no es mas que una plétora de excusas absurdas.

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      1. Gracias. Se me acaba de ir ese poso de desazón que me había dejado. Y por supuesto que puede haber distintas lecturas, tantas como puedas respaldar con el texto. Ahí radica precisamente la riqueza y la maravilla de la palabra y que tan bien domina y emplea el lobo. El lobo,que gran orador! Te sigo leyendo. Un saludo.

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  2. No puedo estar de acuerdo contigo Maria Jesus, recordemos que ambos, Caperucita y el Lobo son personificaciones de actitudes que justifican la moraleja del cuento. El rojo de una y el pelaje del otro no son más que señales para que el lector entienda los conceptos. Por eso todos los personajes de un cuento, fábula o relato tienen el mismo peso, indistintamente de su condición, especie o profesión
    Si el lobo estuviese a otro nivel no tendría diálogo con la coprotagonista de la historia

    Pd: Me ha encantado el relato.

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