Pedro y el Logos

      Cae la tarde en la arcaica polis de Éfeso hace ya dos mil seiscientos años. Los habitantes se dedicaban felices a sus tareas,  auspiciados por la tranquilidad del mito. Se sentían protegidos por los mismos dioses a  los que temían. El mundo era como debía ser y  no tenía sentido cuestionarlo, ya que les era dado. Los guardianes de la puerta vieron llegar corriendo a Pedro un joven pastor que vuelve de vender su rebaño en el mercado de Mileto a varios días de distancia. Pedro volvía inquieto,  perturbado por cosas que había visto y oído. Casi desfallecido se derrumbó a los pies de la muralla. Los vecinos que allí se encontraban se acercaron a socorrerle.

– Pedro, Pedro, ¿qué te pasa? ¿Por qué vuelves corriendo, casi sin aliento y con el horror marcándote el rostro?
– El Logos, viene el Logos…
– ¿Qué es eso del Logos? ¿Acaso se trata de algún monstruo terrible?
– El Logos es peor que cualquier monstruo.
– ¿Y qué es lo que hace ese Logos? Nuestros guerreros son fuertes y podrán defendernos de cualquier ataque.
– No, contra éste no podrán defendernos los guerreros. He visto lo que hace el Logos en otras ciudades, destruye todo lo que es valioso.
– Nuestros muros son altos, Pedro, no podrá entrar bestia alguna.
– No hay muro que pare al Logos, se infiltra en la polis oculto como un viajero, y poco a poco se apodera de todos los habitantes, sin apenas mostrar síntoma alguno. Y de repente las cosas que eran verdad dejan de serlo y todo se vuelve del revés.

      En ese momento Pedro cayó desmayado por el esfuerzo de llegar corriendo sin descanso a las puertas de su ciudad. Los habitantes no dudaron de sus palabras y cerraron las murallas ante la posible amenaza. No sabían de qué se estaban defendiendo, pero cualquier precaución es poca cuando se trata de defender la propia polis y su cultura. Los guerreros aumentaron su entrenamiento y afilaron sus broncíneas picas. Los sacerdotes sacrificaron en los templos a los mejores ejemplares de cada rebaño, con el fin de que Zeus les fuese propicio en el combate, o que desviase el camino del monstruo Logos hacia tierras de los persas. Durante días se prohibió la entrada en la ciudad de forasteros, y los propios ciudadanos evitaban salir más allá de los muros por temor a encontrarse a solas con el Logos. Poco a poco las precauciones fueron menguando, ya que no había habido señal alguna de peligro. Tal vez en el Olimpo se habían atendido sus súplicas y el monstruo había pasado. La gente de la ciudad perdió el miedo, las puertas se abrieron de nuevo y  las rutas comerciales volvieron a establecerse.

      Poco después Pedro volvió a ser enviado con un rebaño y la lana para venderlos en los mercados de camino a Mileto. También llevaba el encargo de investigar acerca del Logos, si seguía atacando a las ciudades próximas o si finalmente había sido derrotado o había huido. En Marathesion no encontró ninguna evidencia de los ataques, y ninguno de sus habitantes supo decirle nada, no habían oído hablar del Logos. Vendió parte del rebaño y la lana y continuó hacia Priene. Esperaba vender allí todo lo que le quedaba, y evitar así llegar hasta la siguiente ciudad: Mileto, donde sabía  que el Logos había iniciado sus manifestaciones y ataques. En Priene llegó a tiempo para la feria de ganado, así que plantó su puesto en el mercado, instalado en el ágora menor, y  comenzó a vocear su mercancía. En un primer momento no le pareció encontrar rastro alguno de los ataques del Logos, pero tendría al menos cuatro días para investigar. Con el fin de procurarse un resultado fructífero en la venta la tarde misma de su llegada acudió al templo de Hermes con el más lozano de sus corderos para ofrecérselo al dios en sacrificio. De camino al templo, al pasar junto a los jardines de la acrópolis, escuchó las voces de una multitud que discutía. No pudo reprimir la tentación de aproximarse, y allí descubrió a decenas de hombres de la ciudad, unos mayores y otros más jóvenes, en pequeños grupos, y en cada grupo se discutían diferentes cosas. En el más numeroso un hombre maduro explicaba a los demás cómo el origen del cosmos estaba en las tensiones entre lo cálido y lo frío, entre lo húmedo y lo seco. Pedro no entendió esas palabras, era bien sabido por todos que de ahí no provenía el cosmos, sino de Gea y de Urano. En otro de los grupos un joven dibujaba con un palo figuras geométricas sobre la arena, hablaba a los demás sobre las relaciones entre las partes de las figuras y las de las mismas figuras con la naturaleza. Otros grupos conversaban sobre el buen gobierno. Había también un hombre inmóvil, en silencio, rodeado de otros que hablaban entre sí. Por ellos se enteró que el hombre silencioso afirmaba que el movimiento no era posible, y que trataba de mantenerse fiel a sus ideas. Había otros dos discutiendo enérgicamente, Pedro no entendía muy bien las diferencias entre sus argumentos, ambos hablaban de la sustancia de daba origen a todo, uno le llamaba apeiron y el otro afirmaba que era él aire, aunque a él le pareció que decían básicamente lo mismo.  

      Confuso con lo que había escuchado continuó su camino hacia la casa de Hermes, que la encontró inusualmente vacía, tan solo estaban allí los sacerdotes, que lo recibieron con entusiasmo. “Hace semanas que no entra nadie en el templo”, le dijeron. Preguntando a los sacerdotes se enteró de que la gente estaba dejando de temer a los dioses. Que hablaban de la naturaleza, de la physis, antes que de lo divino. Que buscaban las explicaciones al mundo, y las encontraban en el mundo mismo y no en la voluntad de los dioses. Que habían dejado de acudir al templo en busca del sentido. Siguió conversando con los hombres piadosos del templo hasta que al preguntar por el origen de toda esta locura surgió la palabra que estaba temiendo: “Esto es cosa del Logos”. Pedro no necesitó oír más. Salió corriendo del templo, no pasó siquiera por el mercado a recoger el rebaño, y salió también corriendo de Priene. Corrió cuanto pudo en dirección a su ciudad. Paró solo cuando las fuerzas no le permitían seguir. Y continuó corriendo en cuanto las había recuperado. Tras días de carrera llegó de nuevo a Éfeso casi desfallecido, al límite de sus fuerzas, gritando: “¡El Logos!, ¡Que viene el Logos!”.

      Los ciudadanos de Éfeso, al ver llegar a Pedro extenuado consideraron que el peligro del Logos era una amenaza real y cercana. Como no había rastro del rebaño dedujeron que este había sido atacado y devorado por el mismo Logos. Dejaron descansar al muchacho y cerraron de nuevo la ciudad. Los altares se llenaron de piezas para el sacrificio, todos lamentaron que el nuevo templo de Artemisa no estuviese todavía terminado, de lo contrario sin duda contarían con su favor y ayuda en caso de tener que dar caza al monstruo. Cuando Pedro se hubo despertado sus palabras lejos de tranquilizar a los efesios les sumieron en un enorme temor. Les relató cómo el Logos era capaz de derrotar a los mismos dioses. Que su fuerza sacaba a los hombres de los templos y les impedía volver a entrar, solo los más piadosos conseguían resistir a su influjo. Les contó la forma en que tras el paso del Logos ya nadie podía estar seguro de nada, que las almas enloquecían y provocaban enfrentamientos sin sentido y todo podía ser verdadero. Les contó todo lo que supo de boca de los sacerdotes del dios Hermes. Los arcontes decidieron que la ciudad permanecería cerrada cuarenta días. Si durante estos días el Logos atacaba estarían preparados para defenderse, si no aparecía darían por terminado el problema, reprenderían a Pedro y le prohibirían volver a mencionar al Logos, bajo pena de muerte.

      Pasada sin peligro alguno la cuarentena un nuevo rebaño fue puesto en manos de Pedro, con el encargo de venderlo en Mileto. El muchacho trató de negarse, pero pronto le recordaron la amenaza que sobre él pesaba si volvía a mencionar todo aquel asunto del monstruo. Nadie creía ya sus advertencias, ni en la locura que anunciaba. Si alguien aquí está loco no es otro sino Pedro, pensaban sus vecinos. Así que temeroso de lo que en Mileto encontraría, emprendió su camino con más de doscientas ovejas.

      No sabemos lo que Pedro vio o escuchó en la ciudad de Mileto, tan solo sabemos que tardó casi un año en regresar a Éfeso. Sabemos que esta vez no apareció corriendo, sino de forma pausada, fijándose en cada una de las cosas que se encontraba en el camino. Deteniéndose ante el crecer de las plantas o el fluir de los ríos. Calculando distancias con su propia sombra. Dibujando las trayectorias de los astros cada noche. Descubriendo que lo único que es eterno es el hecho de que las cosas cambian.  Y sabemos que cuando llegó a Éfeso el guardián de la puerta se rió de él:

– ¡Eres Pedro! Has vuelto, creímos que te había devorado el Logos.
– Soy y no soy el mismo.
–  ¿Y ya no nos traes más advertencias?
– No. Tan solo traigo preguntas.

      Y con paso decidido cruzó las puertas de la ciudad.

ik


samizdatlogo Agradecimiento especial a
Iván Arriazu,
por sus mapas y sus ideas:
Gracias.

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