Un Candidato de Todos.

      “Nos enfrentamos a nuevos tiempos”. Este era el sentimiento predominante de la XXII Asamblea General del partido. Todos los militantes nos lo recordábamos unos a otros por los pasillos, en las conferencias, en los almuerzos o en las comisiones. “Nos enfrentamos a nuevos tiempos” aparecía necesariamente en todas las conversaciones, unas veces como premisa y otras como conclusión. Parecía indiscutible que así era, que nos enfrentábamos a nuevos tiempos. Aunque bueno, bastaría con hacer un poco de memoria para darse cuenta de que en realidad siempre nos hemos estado enfrentando a nuevos tiempos.

      En la anterior Asamblea General (la XXI) también era ese el sentir general del partido, y, alargando un poco más la memoria, podría afirmar que en la anterior a esa, que fue Asamblea Extraordinaria (la IX), también nos enfrentábamos a nuevos tiempos. Sospecho que en realidad nos llevamos enfrentando a nuevos tiempos desde la legendaria fundación del partido, allá cuando la clandestinidad. Es más, me atrevería a afirmar que ese  “enfrentarse a nuevos tiempos” fue uno de los motivos principales por los que se creó el partido: “… los abajo firmantes declaramos fundado el partido, con la intención de que sirva a los ciudadanos como herramienta para enfrentarse a los nuevos tiempos.” No lo he comprobado, pero seguro que aparece algo así en el acta fundacional. Y no solo de este partido, seguramente les pase lo mismo a todas las demás formaciones. No sería descabellado afirmar que nos llevamos enfrentando a nuevos tiempos desde la invención misma de la política. Quizá sea que esta se invento precisamente para enfrentarse a los nuevos tiempos que siempre han existido. En cualquier caso parece indiscutible una cierta relación de necesidad entre la política y el eterno enfrentamiento con los nuevos tiempos.

      El otro tema de importancia fundamental en la asamblea fue la elección de un nuevo candidato para las próximas elecciones. Ante la inesperada baja, por motivos personales, de nuestro candidato clásico necesitábamos encontrar alguien que lo sustituyese. Un candidato capaz de afrontar, y que representase, a estos nuevos tiempos, los de ahora. Se oyeron multitud de nombres de miembros ilustres del partido, pero enseguida nos dimos cuenta de que estos señores estaban tan curtidos en el enfrentamiento con los viejos nuevos tiempos que resultaban inadecuados para asimilar los cambios que estaban solicitando las bases del partido y su lema: “Un candidato de todos”. Se discutió largamente sobre las características que debería reunir el candidato, y al final surgieron unos quince candidatos a Candidato, muchísimos. Se decidió una llevar a cabo una votación para elegir a uno de ellos, primus inter pares. La verdadera crisis de la Asamblea surgió con el recuento de los votos: ninguno de los aspirantes había conseguido el 9% de los votos. No podíamos nombrar a un candidato en esas condiciones. La XXII Asamblea General del partido se clausuró sin un candidato. En su lugar se eligió, por sorteo, una comisión encargada de buscar, entre todos los militantes, al candidato que representase tanto a la sociedad como a las diferentes voluntades que integran el partido. A mi me tocó ser miembro de la comisión electora.

      La primera labor que realizamos como comisión fue arrojar directamente a la basura la montaña de recomendaciones y solicitudes que nos esperaban sobre la mesa el día de apertura. En una cosa estábamos de acuerdo todos los comisionados: los nuevos tiempos requerían métodos nuevos y nuevas fuerzas. No estábamos dispuestos a dejarnos presionar para acabar eligiendo al protegido de tal o cual poderoso del partido. Consideramos como una buena señal que nuestro trabajo comenzase con una decisión unánime. Antes de comenzar la tarea de buscar entre los militantes, entrevistarles, evaluarles, etc. era necesario presentar un perfil que fuese aceptado por los grupos de fuerza. Así que nos sentamos a acordar qué era lo que estábamos buscando, qué características debería reunir el candidato del partido. Surgieron varios puntos en los que, dada su aparente evidencia estuvimos todos de acuerdo: debería ser carismático, buen orador, sereno, inteligente… Más tarde empezaron a oírse matizaciones más concretas. Estuvimos a favor de que nuestro candidato tuviese estudios universitarios, si bien se sugirió que dos carreras mejor que una, o, al menos, un doctorado, precisión que en general fue alabada. Otro tema que se decidió rápidamente fue el de los idiomas, pronto se acordó como obligatorio un conocimiento profundo de inglés, francés y alemán, y como recomendable alguna noción de ruso e italiano. Se rechazaron por excesivamente exóticos el chino y el árabe, no sin protestas del sector multiculturalista. El latín y el griego clásico se valorarían únicamente como factor de desempate, a petición de los comisionados intelectuales. El sector más ingenuo nos solicito que la bondad fuese también incluida como factor. Una comisionada propuso que nuestro candidato debería ser atractivo, cuestión que, aunque en principio causó cierto revuelo y alguna carcajada, fue finalmente aceptada en el momento en el que alguien comentó el caso de una anciana tía suya que daba su voto al político que más guapo le parecía. Por supuesto que admitir esta cuestión nos supuso adentrarnos en un debate sobre la belleza que, en principio, ninguno de nosotros esperábamos: ¿Qué es ser atractivo? Se oyeron todo tipo de propuestas sobre el color de los ojos, del pelo (desde luego no sería calvo), dureza o no de los rasgos, tono de piel, porte, musculatura, peso, altura… Esta discusión nos ocupó dos sesiones. La práctica de algún deporte a nivel amateur nos pareció conveniente, aunque nos conformábamos con que poseyese trofeos de algún campeonato universitario…

      Nos llevó un par de semanas el diseño del candidato ideal, pero por fin lo teníamos. Entre nosotros nos referíamos a él como “El Supercandidato”. Solo faltaba firmarlo antes de la presentación a las bases. Fue en ese momento cuando intervino uno de los miembros de la comisión que hasta ahora no había aportado nada al perfil. Cuando llegó su turno para firmar se paró y nos preguntó a los demás: “¿Quién es este candidato?” Todos nos quedamos mirándole sin entender del todo la pregunta, solicitándole con nuestro gesto que continuase. “Si, ¿a quien representa este candidato? Habéis diseñado un superhombre, un supercandidato, como le llamáis, con el aspecto de un Burt Lancaster y la capacidad intelectual de Aristóteles. ¿Quién se va a identificar con el? ¿Quién se va a sentir representado por el? Los ciudadanos nos son así, nunca votarían a alguien tan lejano a ellos.” Continuamos callados, mirándole, aceptar algo así supondría echar por tierra el trabajo de dos semanas, pero poco a poco nos fuimos dando cuenta de que tenía razón. No solo resultaría imposible encontrar a este individuo, que en un principio había sido el principal de nuestros miedos, sino que una vez encontrado el resultado que conseguiría sería un fracaso absoluto. Algunos comenzamos a sentir resignados mientras dirigíamos la mirada hacia el hombre que había descubierto nuestro error. Otros cuchicheaban admitiendo la crítica, mientras que los más entusiastas del proyecto solo podían alegar que este individuo tendría que haber hablado antes, en lugar de habernos permitido perder el tiempo, si tan seguro estaba de nuestro fallo. En cualquier caso quedó claro que ese no sería el candidato de los nuevos tiempos.

      Nos pusimos de nuevo a trabajar, siendo conscientes de nuestros propios errores, y con la voluntad de no volver a caer en ellos. Esta vez buscaríamos a alguien que sí representase a los ciudadanos, a alguien cercano a ellos, a alguien que fuese ellos. Decidimos buscar al ciudadano medio. Recurrimos para eso a estadísticas y estudios sociológicos, ya teníamos la clave: nuestro candidato sería lo que los ciudadanos son. Para afrontar nuevos tiempos hacía falta un candidato surgido de los propios nuevos tiempos. Así dimos con nuestro segundo perfil. En esta ocasión no hubo discusión alguna, dejamos que los datos hablasen. El prototipo resultante fue algo así: varón, blanco, cuarenta y nueve años, un metro setenta, 87 kilos, casado y con dos hijos, funcionario de clase media o asalariado en una multinacional, católico no practicante, estudios a nivel de secundaria, lector de la prensa deportiva, nacido en una provincia pero habitante de la capital, practicante de sexo tres veces al mes… En fin, recopilamos todos los datos que pudiesen aparecer en las últimas publicaciones estadísticas y los transcribimos tal como estaban, sin juzgarlos. Ya teníamos al candidato perfecto, el candidato que no podría defraudar a los ciudadanos, ya que estos se verían en el. Esta vez nadie en la comisión  se opuso, todos firmamos el proyecto y lo presentamos ante las bases, convencidos de que sería recibido con regocijo.

       Y así lo hicimos, contamos cómo habíamos decidido el método de elección, explicamos nuestros motivos y presentamos nuestro perfil, al que llamamos “el candidato medio”, en oposición al “Supercandidato”. Al principio pareció tener buena acogida, nadie parecía sentirse incomodo con el ciudadano medio convertido en candidato. Nadie, hasta que se oyó una voz entre los asistentes: “¿Y los jóvenes? ¿Cómo nos representa este candidato a los jóvenes?” La voz provenía del portavoz de las Juventudes del partido. Los comisionados nos los miramos los unos a los otros, sin saber muy bien qué  responder, pensando que aquel muchacho no había comprendido la importancia de la labor que habíamos llevado a cabo. Tampoco tuvimos tiempo para explicársela, un aluvión de minorías comenzó a manifestarse desde todos los puntos de la sala. “¿Y las mujeres? ¡Las feministas exigimos que se nos represente!”, “¡Los homosexuales tenemos que dar también nuestra opinión!”, “¡La tercera edad también tenemos algo que decir!”, “¡El colectivo de inmigración también votará en contra de este candidato!”, “¡La agrupación de divorciados se opone!”… Y tras estas réplicas empezaron todo tipo de colectivos a exigir un candidato afín a sus intereses: los alérgicos, los calvos, los cojos, los ateos, los amantes de la pesca con anzuelo, los que se depilan las cejas… Para los militantes de los nuevos tiempos solo un igual podría defender convenientemente los derechos de la minoría.

      La comisión no tuvo más remedio que volver a reunirse en busca de un nuevo candidato, uno que además representase a todas las minorías que habían formado agrupaciones o secretarías dentro del partido. Nos costó varios meses dar con el candidato adecuado, pero por fin lo logramos. Mediante anuncios en prensa extranjera conseguimos afiliar a una nigeriana, lesbiana, divorciada, anciana pero con espíritu joven… pero también alérgica, calva, atea, coja, amante de la pesca con anzuelo, con las cejas depiladas… La llamamos la “candidata panminoritaria”, ya que en su figura se encarnaban todas las minorías que conseguimos identificar. Ella sería capaz de enfrentarse a los nuevos tiempos.

      Lamentablemente, aún con ella al frente, perdimos de nuevo las elecciones.

IK

samizdatlogo    

2 comentarios en “Un Candidato de Todos.”

  1. El Relato aparece como muy bien espaciado sin duda.

    Viva el nuevo candidato/a resultante, a medio camino entre el rollo acción mutante de cierto Partido politico emergente (algo de PMR por aca, mengano de minoria pa su diestra etc ) y la “candidata” portavoz de las casas sociales estas ultras solo pa españoles que es una mulata (origen guineano ecuatorial-espanis ) teñida.

    Tal vez solo deliro?

    Cordialmente
    (Erizo, de Logroño)

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