Un Héroe Anónimo

      Rashid coloca con delicadeza el explosivo sobre la mesa. De un bolso de deporte de color azul oscuro saca el resto de cosas que necesita: un pequeño detonador, un teléfono móvil, un manojo de cables y una caja de zapatos con algunas herramientas en su interior. Dentro del bolso se quedan varios paquetes de tela cosidos a las paredes y llenos de tuercas, tornillos y demás morralla metálica. Lo ordena todo sobre la mesa, en fila, cada cosa en su lugar, tal y como le enseñaron y ha repetido cientos de veces mientras practicaba para que nada falle mañana. Está sólo en una oficina sin ventanas dentro de un almacén de alfombras a las afueras de la Madrid. De un sucio radio-cd sobre una estantería surge, a volumen muy bajo, una canción bastante popular del verano pasado en Peshawar, en la que un joven canta la belleza de los ojos de su amada. Ese es el único sonido de todo el polígono industrial. Es de noche, bastante tarde, cerca de las cuatro de la madrugada, y en ninguna de las naves que rodean el almacén hay nadie trabajando. Cuando esa tarde, antes de anochecer, Bashar le había llevado el paquete con el explosivo le recomendó que dejara todo montado antes de la última oración y que tratase dormir un poco antes de tener que salir a las ocho de la mañana, pero ambos sabían que no le iba a ser posible conciliar el sueño, menos aún tratándose de su primera vez. Rashid ha postergado hasta el último momento posible la preparación de la bomba. Hasta entonces ha estado tratando de conciliar dos sentimientos opuestos, convencimiento y culpa, que le invaden el pensamiento. Tratar de asimilarlos, desear que el convencimiento de que va a hacer lo correcto haga sombra a la culpa, al horror de tener que matar a decenas de personas, ha producido en su pecho una sensación similar a intentar juntar dos imanes por el mismo polo. Hay que hacer mucha fuerza, y hay que hacerla todo el rato, en el momento en que aflojas la presión de los dedos se repelen, se escapan, hacia atrás, hacia los lados, hacen lo que quieren, no lo que pretendes. Empieza a hacerse tarde y en realidad Rashid sabe que ya ha cruzado el punto de no retorno. Lo cruzó cuando recogió el paquete de Bashar  unas horas antes. Pero lo había cruzado también ya la semana pasada al aceptar la misión de colocar la bomba en el centro comercial. También lo cruzó hace un año, cuando Bashar y él se fueron a Pakistán a prepararse para defender la fe. Y aún antes, cuando comenzó a asistir a las reuniones del señor Abdul Ghaffar después del Instituto. Y aún antes…  Son tantos ya los puntos de no retorno cruzados que remontarlos resulta imposible. Rashid se da cuenta de que la vida tal vez consista en eso, en ir tomando, a través de pequeñas decisiones, caminos que no sabes que has tomado hasta que estás a punto de terminarlos. No puede fallar a sus compañeros, no puede rechazar aquello para lo que lleva tanto tiempo preparándose. Así que comienza  a ensamblar las piezas que tiene delante. Primero el teléfono móvil con el detonador. Le quita la tapa y la batería y pega dos cables, uno rojo y otro azul, a las dos tomas de los mismos colores que alguien ha dejado preparadas en el hueco de la tarjeta de memoria. Vuelve a montar el aparato y conecta los extremos libres de esos dos cables en las ranuras del detonador. Ahora tiene que probarlo. Enciende el teléfono, saca otro móvil del bolsillo y marca el único número que aparece en la agenda. La pantalla del móvil manipulado se ilumina de color verde y aparece en el centro un número de nueve cifras y que empieza por seis. Al segundo tono se enciende una pequeña luz roja en el detonador. Funciona. Rashid apaga ambos móviles y une con otros dos trozos de cable el detonador y los explosivos. Todo está listo, tiene tiempo todavía de repasar una vez más el plan: Encender los teléfonos; meter la bomba en el bolso de deporte; salir en bicicleta del polígono industrial pasadas las ocho de la mañana, cuando ningún movimiento resulte sospechoso; llegar hasta el coche, robado y con las matrículas cambiadas, aparcado en una zona residencial cercana; conducir hasta el centro comercial; meter el bolso con la bomba dentro una bolsa de basura negra; dejar la bolsa en la tercera papelera a la izquierda de la puerta del centro comercial; volver al coche y conducir hasta el mirador junto al río; llamar desde el teléfono que lleva encima al que está en la bomba; al segundo tono escuchar la explosión; dar gracias y pedir perdón a Allah; tirar el teléfono al río; volver al lugar seguro. Está todo claro, lo ha repasado un centenar de veces. Es el momento de la oración del alba y de ponerse en marcha. Realiza las abluciones con el mismo cuidado con el que minutos antes manipulaba el explosivo. Después se arrodilla sobre la alfombra y reza. Allahu akbar… terminada la oración vuelve a calzarse y se sienta de nuevo ante el artefacto. Enciende el teléfono de la bomba y comienza a hacer hueco en el bolso para acomodarla. Coloca unos trapos que impidan que nada pueda tirar de un cable y desconectarlo. En ese momento Rashid ve iluminarse de verde la pantalla del teléfono manipulado, sus ojos se abren con terror con el tiempo justo de ver la palabra “PRIVADO” escrita en el centro del rectángulo luminoso. Al segundo tono explota.

      En ese mismo momento, a cientos de kilómetros de distancia, Fátima, teleoperadora comercial de una compañía telefónica, acaba de comenzar su jornada laboral, de encender el ordenador, de abrir el programa que selecciona aleatoriamente un número de teléfono al que llama para que Fátima le haga una oferta por cambiar de compañía. El teléfono da señal. Al segundo tono la señal se corta.

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