QED

—Profesor, se comenta que usted prefiere mantener relaciones sexuales con mujeres muy altas, hasta el punto de haber rechazado coitos que se le han ofrecido por haber sido propuestos por una mujer bajita. ¿Qué hay de cierto en eso?

—Es completamente cierto.

—Por favor, explíquelo para que nuestros oyentes puedan entenderlo.

—Se trata de una cuestión puramente matemática, trigonométrica, para ser más exactos.

—Una cuestión trigonométrica, dice.

—Se lo explico. Suponga un triángulo.

—Lo supongo. Y pido por favor a todos nuestros oyentes que acompañen al profesor García Blanco en su disertación visualizando todo el proceso que va a llevar a cabo.

—Ha de tratarse, por una cuestión netamente estadística, de un triángulo isósceles, dos lados iguales y uno distinto, como bien saben, a excepción del triángulo equilátero, por supuesto, que no es otra cosa sino un isósceles cuyos tres lados son circunstancialmente iguales. Pero no entremos en esos matices infértiles y volvamos a nuestro caso. Sitúen el triángulo apoyado en la horizontal sobre su lado de distinta longitud. Nombremos, por pulcritud, los vértices del mismo, cosa que nos dará también los nombres del resto de los elementos. Para esto seguiremos la nomenclatura clásica: Llamaremos A al vértice superior, el siguiente en sentido opuesto a las agujas del reloj será el vértice B, por lo tanto el vértice que nos ha quedado es C. ¿Me siguen ustedes?

—Sí, creo que sí. Continúe, profesor.

—Tal y como nos ha quedado el lado AB y el lado AC son iguales, y el lado BC reposa sobre la horizontal. Traslademos ahora esto al campo sexual. Nadie se sorprenderá si digo que, al igual que muchos de los que nos escuchan, soy especialmente entusiasta del coito a tergo, que según tengo entendido ahora es conocido como doggystyle, para que se sitúen. Considerando esta postura, si proyectamos nuestro triángulo sobre la anatomía de la mujer receptora puesta, como se dice vulgarmente, “a cuatro patas”, desde el punto de vista del hombre penetrador haremos coincidir los vértices de la siguiente manera: A coincidirá con la vagina a penetrar, y B y C no serán sino un trasunto de las rodillas izquierda y derecha respectivamente, apoyadas en la cama o superficie sobre la que se practica el coito.  Permítanme que haga aquí una pequeña digresión para señalar una curiosidad filológica que no deja de tener su encanto: el nombre de triángulo “isósceles” proviene de las voces griegas ἴσος y σκέλη, que juntas significan literalmente “dos piernas iguales”.

—Es fascinante, Profesor.

—Caprichos del idioma que no vienen sino a darnos la razón. Continúo.

—Sí, por favor.

—Gracias a Tales de Mileto sabemos mucho acerca de los triángulos isósceles y de la relación existente entre los ángulos que lo componen y la longitud de los lados. Sin entrar en fórmulas farragosas, que no harían más que desviar nuestra atención, explicaré que de las proporciones de cada elemento dependen todas las demás. Para poder dar valores a cada elemento de este triángulo comprendido entre la vagina y las rodillas tenemos que comprender la manera en la que se relacionan los diferentes elementos que lo componen. Es evidente que necesitamos establecer algunas medidas fijas para componer el triángulo. Hay quien pensará que podríamos utilizar la longitud de los muslos de la mujer a la que vamos a penetrar, es decir, los dos lados iguales AB y AC. Pero con sólo esos dos elementos podemos definir infinitos triángulos, dependiendo de la longitud de BC, también llamada “a” por tratarse de la longitud del lado opuesto al vértice A, y nosotros no queremos cualquier triangulo, estamos buscando el triángulo óptimo para la práctica del coito a tergo. Es decir, necesitamos conocer el valor de un elemento fijo para poder definir la separación entre las rodillas de la receptora. Esta separación entre los vértices C y B será la que defina el ángulo del vértice A, también llamado α en su consideración como ángulo. Nos interesa que este ángulo sea lo más abierto posible, considerando aceptable cualquier valor por encima de 90º. ¿Cómo definimos el valor de α? Utilizaremos otro elemento trigonométrico, la altura del triángulo (h).  Para que me entiendan, la altura es el segmento que une un vértice con el lado opuesto de manera perpendicular. Para nuestro caso se trata de la distancia entre el vértice A y el punto medio del lado CB, que también podemos llamar “base”, en otras palabras: la separación entre la vagina y la cama. Comprenderán que a mayor altura más cerrado será el ángulo α y a menor altura más abierto, dependiendo siempre de la longitud de los lados iguales. ¿Cómo daremos con el valor de h?      Ahí entra en juego lo que yo llamo la “Constante Universal García Blanco”, abreviada “kGB”. Que entre otras cosas tiene la particularidad de ser la única constante universal post fáctica, ya que es subjetiva y distinta para cada hombre sin dejar de ser una constante universalmente válida para la formulación de mi hipótesis. El valor de kGB será la distancia entre la base de mi pene y el suelo cuando me encuentro en posición genuflexa, arrodillado. Es una medida fija y a la vez contingente para cada hombre. Cada uno tenemos la nuestra y es muy importante utilizar la propia y no una ajena a la hora de realizar los cálculos. Recomiendo a los oyentes que al finalizar el programa tomen medida de su propia kGB. Una vez conocido el valor de esta constante tendremos el elemento necesario para definir todos los demás. Trasladando este valor al triángulo que estamos calculamos haremos que la altura del mismo coincida con kGB, lo que sitúa el vértice A, o vagina, a la altura exacta del inicio de nuestro pene. A partir de ahí tan sólo resta aplicar fórmulas, definiciones y cálculo básico. En mis conferencias utilizo una pizarra para escribir las fórmulas, pero comunicarlas por la radio es casi imposible si se pretende hacer el discurso comprensible. No sé si hay alguna manera de que el programa haga llegar a los oyentes las fórmulas concretas.

—Sí, no se preocupe, las colgaremos en la web del programa después de la entrevista.

—Perfecto. Sigan entonces mi disertación de manera abstracta y cuando tengan las fórmulas a su disposición jueguen sin miedo con ellas, trabájenlas y familiarícense con ellas, pónganlas en práctica. Si la altura de A (ha) va a quedar fijada por el valor de kGB la única posibilidad que tenemos de intervenir en la medida del ángulo α es a través de la longitud de los lados AC y AB, los muslos de la receptora. A medida que aumentamos la longitud de estos dos lados si queremos que ha permanezca constante no hay más remedio que aumentar la apertura del ángulo de A, mientras que se van cerrando B y C. Para poder intervenir en la longitud de los muslos solo podemos valernos de la elección selectiva. Elegir siempre una mujer cuyos muslos tengan una longitud tal que obligue a una mayor apertura de la vagina es imprescindible para la optimización del placer. Es importante entonces que cada hombre haya aplicado las fórmulas utilizando su propia kGB y conozca la medida mínima necesaria para que en el coito a tergo la apertura del ángulo de la mujer sea de al menos 90º, mi recomendación es que rechacen a toda candidata que no llegue al mínimo. Por supuesto que llegado el caso de necesidad se pueden utilizar artificios como calzas o tacos de madera para simular la longitud de AC y AB, sin embargo, personalmente pienso que el uso de los mismos deviene en una complejidad que resta naturalidad y pasión al coito.

—Entonces profesor, viene usted a decir que para la llamada “postura del perrito” es mejor una mujer alta que una bajita.   

—No se equivoque, no vengo a decirlo, vengo a demostrarlo.  

—Por supuesto, y ha quedado demostrado. Ahora, profesor, tenemos una llamada de un oyente que quiere comentar algo sobre lo que nos acaba de presentar. Adelante, buenas tardes. ¿Con quién tenemos el placer de hablar?

—Buenas tardes. Soy la doctora Camanes.

—¿Doctora?

—En sociología de las matemáticas por la Universidad Complutense de Madrid, además de licenciada en matemáticas y en sociología.

—Y supongo que quiere añadir algo a las palabras del profesor.

—Por supuesto, quiero añadir que está completamente equivocado.

—¿Me está usted insultando?

—Todo lo contrario, solamente usted se insulta a sí mismo con una exposición tan sesgada.

—¿No va a pararle los pies a esta individua?

—Disculpe profesor, permita que la doctora se explique. Doctora Camanes, qué encuentra de erróneo en la disertación del profesor García Blanco.

—El error principal es un error de base, metodológico.

—Explíquenoslo.

—El profesor García Blanco está abordando el problema desde una perspectiva plana, bidimensional. Un error reduccionista muy común en determinados sectores académicos. Se ocupan tan solo del estudio de lo emergente, lo visible, sin adentrarse en las causas estructurales que subyacen al problema. Es el tipo de investigador que si capitanease el Titanic diría “Tan sólo es un trocito de hielo flotando en el mar”.

—¡Esta mujer ha llamado para insultarme! No es la primera vez que me pasa que una de estas trata de boicotearme en mis charlas. ¡No pienso consentir…

—Profesor.

— ¡…que una guarra…!

—¡Profesor! Deje que la doctora Camanes exponga sus ideas, tratemos de conseguir que esto sea un debate de ideas y no de insultos.  Continúe, doctora, por favor.

—Esta cuestión, como cualquier otra, debe ser tratada abarcando toda su profundidad. El profesor ha reducido la anatomía femenina a un triángulo. Un elemento puramente superficial delimitado por tres puntos coplanares no alineados. ¿Es cierto eso, profesor?

—Desde un punto de vista pragmático es lo que nos conviene para dilucidar la cuestión que nos ocupa. Olvidarnos de lo que no es esencial para centrarnos en el estudio de aquello que nos va a dar resultados positivos.

—Entonces, como desde su punto de vista la mujer parece un triángulo no se molesta en ladear un poco la cabeza a ver si hay un cuerpo más allá.

—No lo hago, porque no es necesario.

—Sin embargo esa profundidad existe, y hay que estudiarla teniendo en cuenta la tridimensionalidad intrínseca. No se trata de un polígono, sino de un poliedro. Su triángulo necesita que le añadamos un punto no alineado y no coplanar para obtener un tetraedro. Esta figura geométrica representa de manera mucho más fiel aquello que su triángulo, carente del eje Z, es incapaz de representar.    

—¿Y a qué demonios corresponde ese punto que se acaba de sacar de la manga, doctora?

—A la cabeza, profesor, a la cabeza.

—Ya…

—No se olvide que las mujeres tenemos una.

—…

—Llamemos entonces Z a ese nuevo vértice, que dota de profundidad a la figura y que se corresponde con la cabeza de la mujer o del hombre receptor. Porque también dos hombres pueden mantener un coito a tergo.

—Eso es otro asunto.

—No, profesor, es exactamente el mismo asunto, pero no trate de desviar la argumentación. Estábamos con el vértice Z. Si proyectamos una línea entre donde usted había situado el vértice A y este punto Z, llamémosla AZ, veremos que esta coincide con la columna vertebral, y por extensión con la espalda. Para la postura tratada usted hace caer todo el peso en una cuestión de apertura de ángulo, y sin embargo de lo que se trata es de una cuestión de inclinación, y entonces quien manda no son los muslos, sino la espalda. Es la inclinación de la espalda la que va a definir el ángulo de entrada del órgano receptor, sea este ano o vagina. Atendiendo a la altura a la que se sitúa la cabeza, o vértice Z, si esta se apoya en la cama, al igual que los hombros, se elevará significativamente la trayectoria de entrada. Por contra, si la persona receptora mantiene la espalda paralela a la superficie sobre la que se practica el sexo, apoyándose sobre los codos o las manos, estaremos ante la única contingencia en que los cálculos del profesor serían correctos. Pero en ese caso estaremos negando a las nalgas algunas de sus más preciadas virtudes, como, por ejemplo, ponerse en pompa. La altura es lo de menos. Quod erat demonstrandum.

—Muchas gracias, doctora, ha sido realmente interesante, y un placer, escucharla. Lo mismo le digo a usted, profesor. Lamentablemente el tiempo se nos ha echado encima y no da para más. Muchas gracias también a nuestros oyentes por su fidelidad al otro lado de las ondas. Hasta aquí el Tarde en la radio de hoy, mañana a las tres más, con un invitado especial, el artista y diseñador de moda Alberto Espín. Feliz tarde a todos.

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