El Hombre que Sobrevivió al Juicio Final

      Odio este maldito circo con toda mi alma, de la que poco queda ya. Cada mañana me despierto deseando haber muerto durante la noche. Toda mi energía, todas mis ansias de sobrevivir se consumieron en aquellos cuatro días de infierno, hace ya más de veinte años. Desde entonces hasta ahora mi vida se ha convertido en un constante repetir de esos terribles cuatro días en los que la desgracia cayó del cielo condenando a todos excepto a quien ya estaba condenado. Cuántas veces se equivoca la muerte. Cada día es igual al anterior, desde que despunta el alba trabajar para esos malditos blancos que solo ven en mí un esclavo, ellos, que abolieron la esclavitud hace más de medio siglo, que solo quieren parasitar mis músculos, mi historia, exhibirme y enriquecerse a cambio de un plato de comida y un mísero jornal que no alcanza casi ni para cubrir el aguardiente que necesito cada día para seguir adelante. “Tu firmaste un contrato como hombre libre”, dice el señor Barnum ahogando una risa, pero sus ojos revelan: “Negro, algo mejor estabais cuando los látigos mordían vuestras espaldas, al menos teníais algún valor para vuestros amos, ahora ¿a quién le importa que te mueras trabajando?”. Negro, extranjero, atracción de feria, monstruo. Es lo que soy en este circo.  Alimento a los animales, cargo y descargo los carruajes y vagones, monto y desmonto las carpas, me ocupo de los monstruos que no se valen por sí mismos, limpio la mierda… Y cada tarde, al comenzar la función vuelvo a encerrarme, día tras día, en la misma celda, una réplica de la mazmorra de aquellas cuatro jornadas de infierno en St. Pierre, para que los asistentes al circo puedan verme, señalarme, tocar mis cicatrices mientras el señor Barnum recrea para ellos, una y otra vez, la historia de mi último encierro en Martinica. “El hombre que sobrevivió al Juicio Final”, me anuncian, y es cierto, sobreviví al Juicio Final para caer en la eterna condena.

      Recuerdo la fecha perfectamente, la mañana del 8 de mayo de 1902, yo estaba condenado a muerte, confinado en la más oscura celda de la prisión de St. Pierre, era la hora del desayuno y una explosión como de mil cañones cegó de pronto la escasa luz que entraba por el ventanuco. Tenía que ser otra vez el volcán, llevaba días avisando, pero autoridades y periódicos insistían que la ciudad era segura, que la erupción del día anterior en la isla de St. Vincent había liberado la presión, y que el Mont Pelée ya no suponía ningún peligro.   A mí me habían encerrado pocas horas antes, esa misma noche, después de que la policía me detuviera por acabar de una puñalada con la vida de François-Étienne, mi mejor amigo, mi eterno rival. Fue un duelo justo, confesé a los gendarmes, ambos aceptamos las reglas: sería a muerte y con navajas. Pero las cosas no eran fáciles para un insignificante ratero como yo, acostumbrado a pasar tantas noches en prisión como en las tabernas. Nada más ser detenido fui presentado ante el gobernador y condenado a ser ahorcado en el plazo de tres días. Las explosiones en la montaña y sus extrañas consecuencias tenían a toda la ciudad terriblemente nerviosa, y el gobierno se apresuraba a quitarse de encima problemas menores como yo. Varios días antes habían comenzado los ruidos y escapes de humo en el cráter, sobre nosotros, y la semilla del caos había comenzado a crecer. Todo aquel en la ciudad que disponía de un barco se preparaba para una posible huida en caso de que la situación empeorase. Los habitantes de los poblados de las laderas comenzaban a llegar a St. Pierre en busca de un lugar seguro. Fue una muchacha de una de esas aldeas la que nos enfrentó a Étienne y a mí. Claudie, la bella Claudie.  La mestiza Claudie, hija de un señor y una sirvienta. No tendría veinte años, y entre ella y el ron consiguieron que el amigo se enfrentase al amigo hasta la muerte.

      La gente que acudía a la ciudad contaba historias increíbles sobre lo que estaba ocurriendo en la montaña. Hablaban de todos los animales domésticos muriendo a las pocas horas de haber bebido el agua sobre la que habían caído cenizas. Contaban que gigantescas hormigas y ciempiés del tamaño de un conejo estaban invadiendo las haciendas y atacando a los caballos que todavía no habían muerto. Por supuesto que no les creíamos cuando temblorosos nos decían los horrores que habían visto. Pero tuvimos que creerles cuando algo imposible ocurrió también en St. Pierre: la tarde del sábado miles de serpientes fer-de-lance, venenosas, de más de dos metros, invadieron enloquecidas la ciudad, enviadas por el mismo Diablo.  Mataron a decenas de personas antes de que los soldados acabasen con ellas o las hiciesen huir. Nadie sabía qué podría ocurrir que fuese aún peor. La montaña no cesaba de rugir, pero de momento solo eso.

      Entonces llegó la noche de mi detención. La temperatura había subido en toda la isla con la actividad del volcán, y más sed conlleva más ron. Como las noches anteriores Claudie, Étienne y yo bebíamos botella tras botella en la taberna Le chat énorme. Él y yo discutíamos sobre quién la amaba más. Ella, creo, solo intentaba sobrevivir después de haber huido de la hacienda a la capital.  Discutimos, se nos fue de las manos a las navajas, y decidimos resolverlo con un duelo a muerte. El que viviese, sin duda, la amaba más. Yo gané, todos perdimos. La imprudencia destilada hizo que nos batiésemos en la misma taberna, delante de todos los parroquianos, que no tardaron en hacer venir a los alguaciles con sus grilletes. No era la primera noche que pasaba en prisión, ni siquiera la primera que me metían en esa misma celda. Estaba borracho, nervioso y triste. Había matado a Étienne, pero fue en un duelo pactado entre iguales. Dormí hasta que de nuevo comenzaron las explosiones, a primera hora de la mañana. En pocos segundos se desató el infierno en la tierra: primero el ruido ensordecedor, después la oscuridad. El estruendo dio paso a los gritos. Decenas de miles muriendo, agonizando, abrasándose. Una ciudad entera arrasada en un instante. Y yo encerrado, escuchando únicamente los sonidos del horror que llegaban hasta la mazmorra, seguro de que mi muerte sería inminente. La pequeña abertura de ventilación de mi celda estaba orientada al mar, creo que eso fue lo que me salvó de morir en ese mismo momento.  Entonces pensé en que los verdugos encargados de colgarme estarían muriendo, también los carceleros, los alguaciles que me arrestaron, el gobernador… todos muertos.  Y comencé a reír. Reí hasta que mis carcajadas taparon los sonidos del exterior. Reí pensando en la forma que Dios tiene de burlarse de nosotros. Reí durante muchísimo tiempo. Reí hasta que recordé a la hermosa Claudie, ella también estaría muerta. Entonces lloré. No pude alargar demasiado mi llanto, porque comenzó mi infierno personal. De la minúscula ventana y de la grieta bajo la puerta empezó a entrar un aire irrespirable, ardiente. En toda mi vida jamás he sentido un calor semejante, y soy alguien que ha trabajado alimentando las calderas de un tren de vapor. Rápidamente me desnudé y traté de taponar las aberturas con mi ropa, puse el jergón de paja contra la puerta, confiando en que retendría parte del calor. Dio resultado brevemente, a los pocos minutos tanto el jergón como las ropas no eran más que un montón de cenizas y el infierno seguía entrando. Poco después eran las mismas paredes las que despedían un calor insoportable. El musgo que crecía en las grietas comenzó a arder, las piedras se tornaron rusientes por la temperatura que alcanzó el exterior de la celda. Me tumbé en el suelo, el único lugar que absorbía calor en lugar de desprenderlo. Mi piel comenzó a llenarse de ampollas, a cuartearse, a desprenderse dejando la carne al descubierto. Me estaba cocinando, podía olerlo. El dolor era omnipresente. Todo aumentaba el sufrimiento, quedarme quieto significaba abrasarme más, moverme estiraba los restos de mi piel de forma insoportable. Solo podía seguir tumbado, con el vientre contra el suelo y gritando. Con el paso de las horas la temperatura comenzó a descender. La puerta no era ya sino unos trozos de carbón colgando de unas bisagras deformadas. Qué ironía, la libertad estaba delante de mis ojos y yo no tenía fuerzas para arrastrarme hacia ella. Las cenizas se posaron y por el hueco de la entrada volví a ver la luz del día y de los fuegos que todavía trataban de alimentarse de lo poco combustible que quedaba. Llegó la noche y yo seguía gritando, incapaz de cambiar siquiera de posición. Aún vi otras tres noches con sus días. Por momentos caía inconsciente, el resto del tiempo gritaba. La sed se convirtió en mi principal pensamiento, ocultando incluso, a veces, la quemazón. Si hubiese podido de alguna forma terminar con mi vida, acelerar mi inevitable muerte… Cuando me encontraron mis gritos ya no eran más que un miserable quejido. Habían pasado cuatro días y yo seguía vivo. Fueron unos hombres de Mourne Rouge, que estaban buscando supervivientes, quienes dieron conmigo. Solo acerté a pedirles agua, me la dieron y entonces ya pude caer inconsciente preso únicamente del dolor en mis piernas, brazos y espalda.

      Desperté al cabo de unos días en el hospital de Fort-de-France. Milagrosamente mi cara y mi cabeza estaban intactas, el resto de mi cuerpo era una enorme herida. Esperaba encontrarme rodeado de heridos y supervivientes del volcán, sin embargo estaba sólo en el pabellón. Pregunté a una monja por los demás supervivientes, por las más de treinta mil personas que habitábamos St. Pierre. Me dijo que solo tres habíamos sobrevivido a la erupción del volcán: un zapatero, Léon Compère-Léandre; una niña, Havivra Da Ifrile y yo, Louis-Auguste Cyparis.

      A los pocos días aparecieron en el sanatorio las autoridades. Me informaron de que uno de los últimos telegramas salidos de St. Pierre daba cuenta de mi condena a muerte para su inclusión en los archivos judiciales de la Republica. También me dijeron que no temiese, ya que el mismo presidente, Monsieur Loubet, había intercedido por mí indultándome. Mi vida había sido perdonada por segunda vez en menos de una semana. Me dieron incluso el documento oficial, firmado por el nuevo gobernador de la isla en nombre del presidente, en el que “en comprensión de los designios de la providencia, que ha tenido a bien conservar la vida del ciudadano Louis-Auguste Cyparis, la República de Francia se inhibe en su derecho a ejecutarle y perdona todos los crímenes del mismo hasta la fecha”. Mi país me reconocía el derecho a seguir existiendo. Qué remedio, en realidad yo no había hecho otra cosa que adelantar unas horas el fatal destino de mi amigo, al que la muerte habría encontrado igualmente, a la mañana siguiente, dormitando en un callejón y con resaca.  Desconozco cuáles eran esos planes que la providencia tenía reservados para mí. Tal vez sólo quería hacerme pagar, como a un Caín cualquiera, condenándome a vagar sobre la tierra en penitencia por mi pecado. Aún conservo el documento como una más de mis cicatrices de Martinica, a pesar de que fui incapaz de leerlo hasta que años después la esposa del domador de tigres me enseñó a reconocer las palabras escritas.

      Mi vida después de aquello fue poco más de lo que es ahora. En cuanto mis heridas se curaron abandoné la isla, incapaz de soportar la visión del Mont Pelée. Vagué durante unos meses por los dominios franceses de ultramar, para finalmente terminar en Nueva Orleans. Allí me encontró el Señor Barnum, quién, tras escucharme contar mi historia en una taberna a cambio de unos tragos alcohol, me ofreció trabajo en el Barnum & Bailey Circus, narrando mi calvario de ciudad en ciudad por todo el país. Me cambió de nombre. Ahora soy Ludger Sylbaris, “Un nombre fabuloso”, dijo. No tardó en decidir que sería él quien hablase ante el público, fabulando los hechos, y que mi papel se limitaría a exhibirme medio desnudo en una imitación de la celda de St. Pierre que yo mismo ayudé a construir en cartón pintado.

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